Mi piel ya está grabada por esos cuerpos y no tengo otros sueños ni otras historias, no puedo tener otro rostro ni otro ceño, no puedo huir de mis deseos.
Confinada a la inevitable condición del yo, incapacitada a reducir mis huesos, no soy capaz de renunciar ni a mi ombligo ni a mis ojos, solo pueden sostenerme estos muslos y todos mis muertos.
Indudablemente puedo ataviarme con otros sueños impropios de mi alma, incurrir de manera monótona a las canciones cansadas, puedo robar las imágenes de otros puertos más copiosos, pero al final del día no puedo cambiar mi torso.
Cada parte ceñida a mis ambiciones monótonas podrá inundar las cuencas de agentes remotos y cambiar la luz impulsada en mi centro y crear un ambiente hostil a mis consecuencias obtusas, me inmiscuyo en las áreas azules de otros días y otro mundos, pero es inevitable volver a mi, volver a mi encuentro.
Bajo la inmensidad del universo me miro las uñas y juro ante los ojos del cielo ser una con mis lamentos, y aferrarme de manera incondicional a las “malas maneras”, y a no traicionar mi nombre, mis pies ni mis huellas.
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