Parece que, más que personas, somos alegorías a la discrepancia. Nadie acaba de ser, todo es una falacia o una utopía en alguna medida.
Coexistimos patéticamente, siguiendo las directrices para la cordialidad adheridas a nuestro cráneo, nos escupen en la cara premisas ridículas y nadie busca inferir en las razones, o preguntarse si las hay.
Y parece que así todo el mundo está muy cómodo y la vida va muy bien. La falsedad hace que funcione debidamente la sociedad, jugando a que somos, manipulando la dialéctica, comunicándonos entre lineas, respaldandonos en evasivas, perpretando confabulaciones nauseabundas. Nada es. Nadie es.
La falsedad ya es inherente a la humanidad, ya se acepta de buena gana; se finge porque sí, porque no, por sentado, por deporte, por un rato, por supuesto, por un puesto, por si acaso, porque quiero, porque puedo, porque debo, por joder, por vender, por complicar, por complacer.
Parece que, más que personas, somos alegorías a la discrepancia.
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